El hilo de la poesía

Tirar del hilo, deshacer el ovillo, seguir la hebra y llegar hasta allí.

Regresar a la infancia es uno de los caminos, el más  gratificante creo, de la inmersión en la poesía infantil, pero también el más dificultoso. Sin entrar en valoraciones sobre qué es y por qué se define como “poesía infantil”; debate que tal vez sería estupendo comenzar en algún momento, ya que, hasta el s. XIX, no existió un género definidamente “infantil”; la etiqueta, como todas, se queda prendida por los pelos de un apelativo muy inestable.  Yo disfruto de la poesía infantil, tanto como de la otra, la de mayores, y no soy una niña.

Tampoco es difícil caer en algunos tópicos muy manoseados: la mirada del niño, la inocencia de la infancia… ¿la cursilería? Los niños no son cursis, cursis somos los adultos. Los niños, y también las niñas, sí, son, más bien salvajes, salvajes desde la perspectiva  más  exuberante del término, salvajes como una selva inexplorada.

Los bebés aceptan los diminutivos, los disfrutan y los hacen suyos, pero no como medio comunicativo, sino porque se identifican con ellos, con los diminutivos y con los animales. Son todavía mamíferos puros, mamíferos y diminutos, casi no saben hablar ni caminar. Por eso, a través de ellos (de los animales y de los diminutivos), les es más fáicl comprender el mundo. Los bebés son pequeños, les gustan las cosas pequeñas, las sienten sus iguales. Esto viene al caso por la cantidad de versos para niños, de cualquier edad, que pueden leerse, cuyo único recurso es el empleo a discreción de los diminutivos.

Regresar a la infancia no es tarea fácil, más que nada si se pretende hacer de manera seria, de manera honesta, regresar sin perder de vista que no somos niños, pero no sólo eso, regresar sin pasar por encima de ellos. El trabajo meticuloso de escribir versos dirigidos a un público infantil debe tomarse como lo que es: si llega donde debe llegar es una responsabilidad enorme.

¿Qué objetivo tiene, pues, escribir poesía infantil? Cada cual deberá buscar el suyo. Para mí, acercar un poema, escuchar recitar, leer, crear poesía, con y para los ñiños, tiene un valor que no puede acreditarse de manera tangible. Los niños reaccionan a la poesía de un modo fascinante, siempre. Desde la cara de sorpresa, las risas, o que un niño descubra en la poesía un vía de escape para romper las normas; el corsé academicista; hasta sentir, y saber, que escribir  o leer “ese” poema, ha sido un acontecimiento importante para un niño o niña, todo ello es más que suficiente. Porque la poesía salva, no sabemos muy bien de qué ni cómo, pero salva.

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