Pensamiento mágico, poesía y lenguaje:

Imagen de Bahareh Bisheh

Imagen de Bahareh Bisheh

Por Mar Benegas

Los beneficios de la poesía son asumidos de manera natural en ciertas etapas evolutivas de los niños, durante los primeros dos/tres años, se asumen como normales ciertos ritos poéticos. Los adultos olvidan su posicionamiento estrictamente racional y deductivo; desde los primeros meses de vida y hasta que los bebés comienzan a andar y a relacionarse con el mundo de manera, más o menos, autónoma; el aprendizaje, el mundo del yo y el no-yo del niño, se establece a partir de estos ritos de la voz (siempre metafóricos, siempre deliciosamente absurdos, siempre hiperbólicos).

En esos momentos, las canciones, poemas y retahílas, se erigen como una liturgia mágica, casi sagrada: el milagro de la comunicación, y, sobre todo, de la respuesta al mismo, tan esperada, por parte del que acaba de llegar al mundo.

Mágicos ritos son: “cura sana patita de rana”, “tita pon un coco” o “los cinco lobitos”, hay canciones y poemas para cada parte del cuerpo; la toma de conciencia con el propio yo se ha establecido, durante de miles de años de evolución, con estos poemas, por algo será; para la comida, para dormir, para existir con el otro, etc. Por tanto, con estos juegos, se establece una comunión, una triada que responde, estimula, y abre el camino de la mente y la comunicación: dos cuerpos y una voz.

Dice Octavio Paz: “Lenguaje y mito son vastas metáforas de la realidad. El lenguaje es la poesía en estado natural, cada palabra o grupo de palabras es una metáfora. (…) La palabra es un símbolo que genera símbolos. (…) La constante producción de imágenes y de formas verbales rítmicas es una prueba del carácter simbolizante del habla, de su naturaleza poética. (…) Hechas de materia inflamable las palabras se incendian apenas las rozan la imaginación y la fantasía. El habla, el lenguaje social, se concentra en el poema, se articula y levanta. El poema es el lenguaje erguido. (…)1”

La palabra poética, la que representa la realidad intangible, ha servido, desde el inicio del uso del lenguaje, como herramienta, sagrada y poderosa; desde los mantras e invocaciones, a las diferentes mitologías, plegarias, rezos, cantos, supersticiones… incluso las religiones más extendidas se basan en la palabra metafórica; como vehículo comunicador entre las personas y el mundo de lo desconocido. Todo ello nace a partir de la metáfora, y, por tanto, en la representación poética del mundo. A pesar de que la lógica y la razón han aportado otros medios de interpretación, más científica, de la vida y la naturaleza, el peso de lo mágico y simbólico sigue acompañando a las personas, un ejemplo claro sería ese modo de comunicarnos con los niños recién llegados.

Imagen Beatriz Martín Vidal

Imagen Beatriz Martín Vidal

Pensamiento mágico es aquel que reconoce una causa en la casualidad. Sí, pero también es el que dota de poder, el que inviste de fuerza y energía, y, por lo tanto, de vida. Pensamiento mágico es dar alma y aliento a los seres inanimados, sacralizar y nombrar las cosas inexistentes, pero, sobre todo: creerlas. Creer a través de la creación: cuando un poema nos conmueve es que lo hemos asumido desde nuestro pensamiento mágico, ha tocado en esa fibra, en esa brizna, y ahora respira en nosotros. En todo este proceso, la poesía, la infancia y el poeta, tienen una relación más estrecha de lo que cabría imaginar.

Durante los primeros años de vida los niños viven inmersos y (maravillosamente) perdidos en el mundo simbólico; en ese vergel que es el universo del pensamiento mágico; y la grieta que se convierte en abismo todavía no se ha abierto. Es decir, cuando el niño “abandona” el simbolismo, cuando “deja” de cabalgar en la metáfora; cuando silla era caballo, una mesa era una cabaña, y un garabato no es un dibujo, es un monstruo, real, que gruñe y camina. Entonces, esa propia realidad: la suya, creada por su “mente mágica”, impide que los niños asuman o entiendan las metáforas “de los adultos” (ni falta que les hace), escritas en un papel, solo entienden un idioma, que se crea de manera espontánea y desaparece, con el único objetivo de representar su mundo. En esos momentos, será el adulto el que ha de hablar con el lenguaje mitológico y simbólico, el que ha de regresar a ese territorio de tótems y objetos que cobran vida, donde un oso de peluche puede ser el héroe salvador, casi el mismísimo Zeus, que permite a un niño dormir con tranquilidad, sólo si él custodia su cama. Por lo tanto, el adulto debe re-fundar su lenguaje y buscar un territorio común (el del juego, los gorgoritos, las canciones y las rimas) para que la respuesta vívida del niño se dé en esos primeros años, y así se ha hecho desde siempre. Ese mundo es, en su totalidad, poético, con toda la fuerza y el poder de representación. El ritmo, la voz, la repetición, son los que crean la realidad, o, más bien, los que abren la puerta que comunica la realidad de afuera con esa otra realidad que se conforma a partir de la casualidad y la causa.

Cuando el niño abandona esa forma de pensamiento y comunicación pasando a un pensamiento más ordenado y racional, cuando esa grieta todavía no ha sido dinamitada y se ha convertido en abismo, cabe preguntarse: ¿es ese abismo el que destruye, también, el goce por lo poético? ¿la creatividad? ¿la imaginación? ¿en qué edades sucede? ¿por qué algunos adultos “se salvan”? Tal vez, además de preservar y/o recuperar la mirada poética, tengamos, también, que cuidar el pensamiento mágico: investir a las palabras, a los objetos, de vida. Buscar la casualidad/causa, a través de las palabras, nos llevará a la poesía.

Imagen Vo Anh Kiet

Imagen Vo Anh Kiet

A pesar de que se apaga, y, en muchas ocasiones, desaparece, esa forma de pensamiento se resiste a abandonarnos. Es fácil ver a niñas, de los ocho a los doce años (cuando la adolescencia casi las llama a gritos), jugando en los patios de las escuelas a juegos de palmas, malabarismos del cuerpo y la voz, de herencia directa de esas primeras estructuras, arcaicas, simbólicas, mágicas y de versos absurdos. La poesía sigue viviendo allí, pero de un modo más libre: la poesía es el reto, y, a la vez, un ente subversivo contra las constricciones de un lenguaje en el que quedan pocos resquicios de libertad.

Tal vez hablamos de transferencias, que dirían los psicoanalistas, al final, este modo de entablar un diálogo entre el lenguaje y la forma de pensamiento más primitivo, se va difuminando, prácticamente se apaga, o, más bien, se traslada de lugar. La capacidad de creación, y, por tanto, de atención ante lo maravilloso, es sustituida por otros objetos que, paradójicamente, no son menos representativos, no carecen del carácter no-racional que supone el lenguaje poético o la vivencia poética: videojuegos y otros entretenimientos, religiones, supersticiones, ensoñaciones propias e individuales (que se dan en todas las personas), etc.

Este vasto territorio que antes era el único mundo posible, es sustituido por algunos sucedáneos. Además, como dice Vygotsky, el lenguaje es un ente social, que permite al pensamiento único relacionarse con los otros, por lo tanto, la valoración y cuidado que se da en el entorno a la comunicación de lo emocional, de lo oculto, de lo creativo o de lo poético, moldea la importancia que tendrá en el individuo.

Salvo en contadas excepciones; en que esta comunicación permanece intacta, tal vez en aquellas mentes en las que el dominio sigue siendo de lo simbólico; el lenguaje poético, el universo de lo mágico, es desposeído, sin ningún tipo de miramientos, de todo su valor. Primando lo académico, lo racional, lo mercantil y productivo, en definitiva.

Si los límites del lenguaje representan los límites del mundo personal (Wittgenstein) y el único modo en que el niño elimina la división inicial entre pensamiento y lenguaje, es, adquiriendo desenvoltura en el mismo (Vygotsky); ¿no será necesario que facilitemos todas las herramientas para eliminar esos límites?, ¿no estaremos impidiendo y ensuciando un camino que debe permanecer abierto y limpio?, ¿seremos capaces de restaurar ese camino en nuestra propia vivencia?

Si el lenguaje es una escalera en la que ir subiendo peldaños ¿por qué eliminamos los que corresponden a un mayor recorrido, a un regreso que impulsa más allá? Justo destruimos los que llevan a ese contacto, renovado y necesario, con el niño creador, el niño facilitador de universos, el pequeño-niño-dios que hace el mundo y la palabra a su antojo, que es la poesía en sí mismo.

1Octavio Paz, El arco y la lira. Fondo de Cultura Económica.

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