La poesía: qué, cómo, para qué y de qué manera.

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Hay cuatro preguntas que me hacen (y me hago a mí misma) de manera habitual, me doy cuenta que cada vez las respondo de uno modo distinto, pero, en esencia, las respuestas orbitan, siempre, las mismas galaxias. Preguntas, claro, sobre la poesía y la infancia.

¿Qué?:

Es la pregunta con la que siempre inicio mis encuentros infantiles y mis talleres para familias y profesionales. Que me ronda y me hace volver a ella, que viene siempre pegada a mí, de día y de noche, como la sombra o la piel. Por tanto, digamos que se trata de La Pregunta, la más grande de todas: ¿Qué es la poesía?, ¿qué es para ti la poesía? Y, también, de las más difíciles de responder, o, tal vez, de las más fáciles: ¿no será todo, la poesía?

La poesía, es dudar, hacerse preguntas. Es el misterio y también el esfuerzo de intentar desvelarlo, construir respuestas. Y, esas respuestas, en forma de poemas, se erigen como otras dudas más grandes y más rotundas, y así vamos avanzando, en círculos y a trompicones, los poetas. Es la memoria que nos hace. En ese todo que es lo poético está la propia vida. Con el primer latido se construyó la primera metáfora: parecía una voz pero era un corazón, parecía el tiempo pero el tiempo no existía. Me interesa el acto, el hecho poético, lo que orbita alrededor del verso. La palabra y el lenguaje como herramientas transformadoras de la realidad. La capacidad de la poesía para romper la norma desde la norma, la experimentación lúdica con la palabra para derribar las fronteras mentales. Me interesa, también, la poesía del viento, la que llega por siglos y atraviesa océanos, la poesía que conforma nuestra identidad en los primeros meses de vida y la que moviliza el cuerpo de los niños. La poesía como entidad propia y viva, como un ser vivo hecho de lenguaje. Y también como agente subversivo, conciliador y emocional.

¿Cómo?:

La poesía llega como llegan las cosas realmente importantes: sin darse una ni cuenta y por pura necesidad. Todavía no sabía yo que existía esa palabra “poesía” y ya la andaba practicando.

Pero, si alguna vez alguien descubre el poema, la casa de la poesía, gracias a mi trabajo, ese “cómo” adquiere un sentido nuevo y último. Un brillo en la mirada, esas risas, o una palabra de cercanía que llega de una familia, es llenar los pulmones de aire nuevo, tomar impulso y avanzar un tramo a zancadas.

¿Para qué?:

La poesía aporta (no solo a los niños y las niñas) tantas cosas que necesitaría un libro para contarlo. Creo que ofrece un andamio donde sujetar la belleza, un espacio, el poético, donde calibrar y conectar la emoción con la razón, pero también donde romper las normas. La poesía construye las herramientas que más tarde nos ayudarán a defendernos contra la usurpación de la palabra, la usurpación de la energía creadora que es el lenguaje. El lenguaje como eje transformador de la realidad: una usurpación a la que nos estamos viendo sometidos de manera catastrófica: partículas del pensamiento, del lenguaje, la propia poesía, está siendo apropiada por el poder. Los de arriba hablan, los de abajo escuchan. Por eso, porque tienen el poder, esconden, ocultan, manipulan y mancillan la palabra, la palabra poética (palabra creadora per se). Hay que enseñar a los niños a defenderse de eso.

Los niños la juegan, la desean, la viven con el cuerpo: lo poético es rupturista pero también es vital, los griegos lo vieron claro: poiesis es creación, la poesía es orgánica. En la infancia, la poesía, es como una llamita, débil todavía, que irá tomando fuerza, sino la abandonamos, y nutriéndose de los los símbolos que construyen un camino de ida y vuelta a los rincones más oscuros del alma y el pensamiento. Una manera de nombrar e iluminar lo oscuro, de ayudar a entender el alma.

Y, claro, parece, según releo mis palabras, que la poesía fuera la panacea, el remedio de todos los males, pero no, no es cierto. En realidad no es más que un granito de arena, una hoja bailando una rama, un soplido de aire limpio. Nada más. Y la infancia bailando y jugando con ella, con la poesía. En fin, solamente una ventana abierta, un poquito de belleza ante tanta fealdad.

¿De qué manera?:

Considero necesaria la formación de las personas adultas: familias, profesorado, bibliotecarios, el entorno lector de la infancia. Formación gozosa que ofrezca herramientas para ofrecer la poesía. Si la correa de transmisión falla hay escasas posibilidades de que se llegue al destino deseado.

Pero con las herramientas adecuadas sólo es cuestión de acercarla y ya, porque se prende con furiosa alegría, porque, si algo me demostró mi experiencia, es que la poesía ama la infancia y viceversa. Creo, fervientemente, que en la educación estética, literaria y artística de la infancia y la juventud, esa correa de transmisión es el eje fundamental. Y en la actualidad arrastra grandes carencias.

También creo necesario ofrecer una poesía rica y viva, pero, sobre todo, que el puente que lleve a ella no sea unidireccional, no vaya, únicamente, del libro al niño, o de la persona adulta a la infancia. Leer, diseccionar o memorizar un poema escrito en un libro de texto (feo por lo general y que se asocia a la obligación) es un modo de ahuyentar a la poesía para siempre. Habría que ir hacia la búsqueda de la experiencia poética como algo vital, un proceso generador del efecto dominó. La lectura poética ha de pasar, creo, por la reinterpretación del mundo, por el mirar especial y metafórico, por el juego y por la creación. Leer poesía y crear poesía ha de ser una misma cosa. Jugar con el lenguaje, pensarlo, replantearlo: todo eso que es tan afín a lo poético, se abrirá desde el juego en la infancia con una facilidad pasmosa.

Llevemos suficiente poesía en el zurrón para ofrecer a cada niño y niña la suya, porque, siempre hay un poema adecuado, y todas las personas tienen el suyo esperando.

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